miércoles, 24 de junio de 2009

Murga- El happening de la gente simple-


"Este murgón, mamá / este murgón / hoy le saca el cuero a la televisión." La poco complicada música del hit popular El camaleón, venía de perillas para que el centenar de integrantes de la murga Los mimosos de La Paternal dieran forma al ensayo de un complicado ritual, cada vez menos usado: cuando la semana que viene se inicien los festejos de un nuevo carnaval la agrupación será una de las 50 que todavía se animan a celebrar las fiestas mas tristes del alma-parque, el happening de la gente simple, muy simple.

Era la noche del martes 13 cuando un pitazo del director ubicó en la realidad a los celebrantes. Alberto Pajarito Pereira parecía un maestro cuando ordenaba, no muy dulcemente: "A ver, che salame, forma en la fila y toma las distancias, a ver. Hace lo que te digo." Frente a la fábrica de algodón Estrella, en Baunnes y Constituyentes, rodeados de vecinos y vecinas que aplaudían las ocurrencias, Los mimosos arrancaron, con las cuartetas más picaras: "El año 67 / fue un año de moda nuevas / se vino la minifalda / acortando la pollera / Nosotros felicitamos / a aquel que la moda trajo / porque ahora con las minis / Va a costar menos trabajo." A un costado el inspirado vate que fabricó los argumentos escuchaba embelesado cómo El Chino ("No, este que, me va a perdonar pero el nombre no se lo doy a nadie. ¿Se cree que soy longi yo?") canturreaba sus intencionados arranques poéticos. Alfredo Zerrillo es el diariero de la zona (con parada en Nueva York y avenida San Martín) y también el afortunado autor de las letras: "No son verdes como cree la gente —advirtió—, son verdaderas, críticas. Ve ahora, ahora dicen pis en un verso. Escuche, escuche. ¿Pero quién no conoce la palabra pis? Eso no es verde."
Más allá de la peculiar interpretación de Zerrillo, de las críticas no se salva nadie: se llevan por delante la pinta del galán Rodolfo Beban, las respectivas malas famas populares de la locutora Pinky y dé la vedette Zulma Faíad, ni siquiera la figura del cura Grandinetti. Tampoco quedan en pie los formidables baches porteños ("¿Sabe lo que pasa?: muchos de nosotros tienen taxi y camiones") y la supersexy Isabel Sarlí ("Le falta un chorizo"), insinúa con perversidad la parte final de la cuarteta que le han dedicado.
Cuando desfilan oficialmente por los corsos se envasan en unos trajes calurosos y aproximadamente horribles. El de Vicente Filardi (un murguero fanático de 21 años) es un ejemplo. Es una levita azul, con una franja de color rosa y cuello del mismo color, un uniforme que se complementa con una peluca rubia y una galera repleta de adornos: plumas, moños, muñecas, luces, fantasías que la engordan en un par de kilos. "Me ayudo mi mamá y un poco mi novia", confiesa.

Cómo nace una murga.

A los 23 años Pepino Guilo invierte sus días mascullando contra las deficientes carrocerías de los autos nacionales: su oficio es pintor de autos. Es el rey del bombo, un as para manejar esos mastodontes que pesan entre 8 y 12 kilos y un testigo de primera mano en la historia de la murga: "En 1958 Argentinos Juniors casi sale campeón de fútbol de primera. En agradecimiento a la hinchada algunos jugadores y un dirigente nos regalaron un bombo, uno de los cuatro que tenemos ahora en el conjunto. Al principio éramos 50 y ensayábamos en la esquina de Caracas y Juan Agustín García. Ahora somos un montón y sacar la murga a la calle nos cuesta 100.000 pesos", reseña.
Para sobrevivir los paternales tienen una única fuente de recursos: se imprime un programa con una lista de avisos, que publicitan a los comercios del barrio: la vinería de Don Felipe, el almacén de Santiaguito, la cartonería de Manolo. Al fin de cuentas, la cartelera les reporta unos 100.000 pesos.
"Desde hace años no tenemos contras —asegura el director Pereira, 25 años, cuidador en un garaje—. Imagínese qué responsabilidad para mí dirigir esta banda. Para los que hacen murga, es como los brasileños, ¿vio?: uno siente que ha nacido para esto. No por nada luchamos dos meses como unos negros."

¿Para qué luchan dos meses?

Primero que nada, y ésa es la respuesta casi común, "porque me gusta, porque lo siento en el alma." Quien más correctamente lo explica es el diariero Zerrillo: "Yo salgo todos los años porque cuando siento el bombo me da una especie de nostalgia. Son dos meses en los que uno vive para la murga. Abandona el trabajo, la casa, tenga en cuenta que hay muchos casados. A mí, por ejemplo, mi suegra me quiere echar de la casa. ¿Sabe lo que pasa?: la gente piensa que los murgueros somos todos atorrantes, vagos, fascinerosos, ladrones."
El horario normal de una murga en comisión se inicia a las 16.30 horas y no termina hasta las 5 de la madrugada, como dice el tango, con la última serpentina. El habitat natural de las murgas, comparsas y agrupaciones son los corsos (tan venidos a menos) y los cines, que preparan espectáculos durante los días de carnaval, en base a la presencia de los saltimbanquis. Este año el corso de la Avenida de Mayo acaparará las presencias más resonantes; habrá 10.000.000 de por medio como un desesperado intento de revivir a ese, muerto llamado carnaval porteño. El último corso de la calle de los gallegos fue en 1954 y los cachéts desde entonces han variado, pero no mucho: una gran comparsa (unas 200 personas) puede exigir hasta 300.000 por cada noche de desfile. Son caravanas muy completas: incluyen, además, números de circo, . valientes tragasables, intrépidos tragafuegos, hábiles contorsionistas, deprimentes tríos folklóricos, añejas vedettes. Otras bandas, menos exigentes, acceden a ser aplaudidas tan sólo por 10.000 pesos para toda la compañía por noche. Que no es un gran negocio el de la murga entonces, lo dice el precio de los camiones u ómnibus en alquiler para transportar a la gente: no menos de 5.000 pesos la noche. Los instrumentos del grupo (globos, dados, estandartes, corazones, mariposas), confeccionados en satén de colores muy brillantes, aun terminados en casa por la nona, cuestan entre 3.000 y 8.000 pesos.
"Todo lo que sea entretener y divertir a la gente es bueno, muy bueno", afirmó el asturiano Longinos Viejo, en su despacho del Hotel Madrid, en la avenida de Mayo al 1100, en donde recibió a Confirmado en su carácter de presidente de la Asociación de Amigos de esa arteria. "Ya le dije al intendente los otros días, que yo quiero alegrar al pueblo. Y él también estuvo de acuerdo."
El Nilo es un cine de barrio colorido y tradicional: es el último refugio de las murgas para 1968. Enrique Barbaglia, de la firma comercial que administra la sala de San Juan y Boedo, en Buenos Aires, declaró: "El año pasado ya fue muy flojo, pero cómo vamos a dejar de traer murgas: cómo vamos a romper la tradición.
Por noche hacemos unos 100.000 pesos de recaudación a 300 pesos la platea. ¿Cuánto les pagamos a los murgueros?: Y, unos 10.000 pesos por conjunto. ¿Qué? ¿Le parece poco?", concluyó.


Este ano, no. Juan José Piscitello se recostó en una de las sillas del gastado Café Unión, una parada de guapos célebres en la Isla Maciel, .y confesó por lo bajo, más bien avergonzado: "Anduvimos muy bien los años anteriores, pero ahora no salimos. No hay plata y contra eso, viejito, no hay nadie que pueda". Los que no salen son los créditos de la zona del Puente Avellaneda, la Como Salga Murga, la representación de los 10.000 habitantes de ese apéndice del Riachuelo. "Se necesita mucha plata para salir y, usted sabe, nosotros no vamos a corsos bacanes, vamos a corsos de gente humilde, visitamos orfelinatos, les llevamos golosinas a los pobres y a los internados. Además, todos nuestros integrantes son gente de trabajo, pero que ganan muy poco dinero. Encima debimos soportar muchos incendios en las villas vecinas".

Curdelas, pero no tanto

El año pasado cuando se cruzaron en el corso de aquel club de Saavedra, cada cual por su lado, integrando murgas rivales, sintieron que un nudo les traicionaba la garganta, que, curiosamente, sentían muchas ganas de llorar. Uno era el diariero Juan Carlos Brugorello (25 años, casado, 4 hijos); el otro, su íntimo amigo, Ezequiel Juan Galeán. "Nosotros nos conocimos en una murga y ahora somos como hermanos, más que hermanos. Y los días de carnaval —reconoció Galeán— voy a trabajar sin dormir, pero qué me importa; si no salgo en la murga. me tengo que encerrar en un ropero." Ahora, Brugorello y Galeán co-dirigen un conjunto de vieja historia, Los curdelas de Saavedra, plagado de gente de color.

En el barrio de las latas

El club se llama Agrupación Juventud Oriente y a la entrada de esa casona de Olavarría al 700, a pocas cuadras del estadio de Boca Juniors, un cartelón escrito con tizas de colores informa: "Lunes, miércoles y viernes 21.30 horas: ensayo para la comparsa 1968." A partir de las 9 de la noche un aluvión de socios y socias promueve la gama de ruidos más infernales. Tanto que algunos vecinos prominentes, los integrantes del grupo teatral Caminito han prometido denunciarlos a la policía si los bombos unidos siguen filtrándose como subversión, en los esquicios de la pieza que actualmente representan, Angelito, el secuestrador. Mientras, un angustiante pinturón del hijo dilecto de la Boca, el pintor Quinquela Martín, pendía del salón principal: -era la colaboración del maestro en la ardua financiación del murgón. El presidente de la comisión de comparsa, Andrés Farro, recuerda sin esfuerzos: "Estábamos un día de 1952 en la puerta del café de la esquina. Era Año Nuevo: todos nosotros, con quince años menos, esperábamos con muchas esperanzas un año más. ¿Por qué no salimos en estos carnavales? Ese año las fiestas cayeron en el mes de febrero. Así nació esta murga, la Juventud Bar Oriente, y desde entonces han sido varios primeros premios los que conseguimos."
Pero, como ellos mismos reconocen, "la inflación nos mató". El último año que tuvieron pasitos para salir fue hacia 1960: volver a la calle, en 1968, les insume 1.000.000 de pesos. Músicos (bandoneonistas, acordeonistas, violinistas, trompetistas, bateristas, bombistas, etc.), una carroza que representa la Ciudad Deportiva en miniatura, "y una troupe de humoristas muy familiares"; un coordinado equipo de adolescentes que bailan y portan extraños instrumentos (zambombas, martillos, chapiteros) harán lo posible por justificar un título demasiado ampuloso, tal vez: la murga más numerosa del carnaval de Buenos Aires. La más organizada y cara, también.
Este año las clásicas rumberas de las murgas serán, por fin, mujeres y no homosexuales como hasta ahora. Están cansados, claro, de las arduas, terribles peleas que los singulares maricas despertaban con sus provocaciones, con sus meticulosos disfraces de mujer. "Ahora ya no nos peleamos más", aseguró un integrante de la troupe de Paternal: "Banda rival que pasa, todos nos paramos y aplaudimos. Sí, señor, aplaudimos." En tanto, la compulsa es unánime: no menos de 5 agrupaciones de enloquecidos bailarines invirtieron sus últimos pesos, pergeñaron los trajes más encendidos y reservaron pasaje para pasar este carnaval en la provincia de Corrientes, la celebración más famosa del país. Cada uno de los 11 días tendrá para los conjuntos apetecibles recompensas: hasta 3.000.000 de pesos en premios para los de primera categoría.


Revista Confirmado
febrero 1968


martes, 26 de mayo de 2009

OTRA VEZ LA CENSURA!!!

Revista Siete Días 
mayo 1969


"Como argentinos tenemos un privilegio: formamos parte del único país del mundo en que fue prohibida la película de Pasolini, Teorema, considerada como la mejor realización de este director", ironizó el vespertino La Razón, el domingo 11.
No se trataba, sin embargo, de una excepción: seducidos por los alcances de la flamante ley 18.019 —y por las normas para su aplicación, discriminadas por Federico Frischknecht en la resolución 464 / 020 del último 10 de marzo—, los censores argentinos parecen haberse lanzado a una remozada ordalía. A la sanción contra el film de Pier Paolo Pasolini, habría que agregar las prohibiciones que cayeron sobre Ufa con el sexo, del argentino Rodolfo Kuhn, y Yo, mujer II, del escandinavo Mac Ahlberg, y las demoradas calificaciones de films candidatos a sufrir idéntico destino (Refugio de amantes, un film de la Metro realizado por el sempiterno Vittorio De Sica, tiembla desde hace un mes en la antesala de los catones a pesar de haber sido aligerado por la tijera de los propios distribuidores; insaciable en el amor, una realización de Romain Gary sobre la que la crítica europea anticipa ponderables expectativas).
La epidemia paternalista no es, por supuesto, un virus desconocido en la Argentina. Lo que alarma a los preocupados por cuestiones tales como la libertad y la Constitución, es la rigurosidad inédita con la que parece presentarse en esta nueva versión.

LO QUE VA DE BARD A HOY

Cuando el diputado —radical antipersonalista— Leopoldo Bard, se animó a presentar en la Cámara un proyecto de censura cinematográfica (en 1929, fecha de la partida de nacimiento, en el país, de un movimiento que llegaría a ostentar líderes epónimos como el fiscal Guillermo de la Riestra) estuvo a punto de ser lapidado por sus pares. Sin embargo, el inocente congresal apenas solicitaba que los films se dividiesen en "prohibidos para menores de 15 años", o "aptos para todo público", llevando su celo educativo a la recomendación de que se suprimiesen los diálogos sobreimpresos, "cuando contuviesen faltas de ortografía".
Mucha agua ha corrido desde entonces bajo los puentes. No solamente porque ya no existe un Congreso que pueda escaldar las ínfulas de los sucesores de Bard, sino porque la Argentina ha recorrido cuatro décadas de implacable avance hacia la Edad Media; desde entonces los pasos de los censores se han hecho cada vez más firmes en cuanto a los supuestos que se atribuyen para juzgar.
Así —desde la modesta censura municipal de 1934, a la reciente ley 18.019— los progresos de los catones no han cesado de crecer: lo que en un comienzo fue un intento de protección a desprevenidos menores, se ha convertido en un difuso pero inapelable "estilo de vida", que se supone comparten todos los argentinos, cualquiera sea su edad, sexo, formación cultural o estado civil.
Los pasos de esa carga contra el artículo 14 de la Constitución Nacional —que los defensores de la censura cinematográfica insisten en relacionar sólo con la prensa, olvidando el obvio detalle de que, en 1853, los hermanos Lumiére no habían comenzado aun a gatear por su Francia natal— pueden resumirse más o menos así:

1929: El precario intento del diputado Bard es rechazado en el Congreso, y comentado como "una extravagancia" por sus contemporáneos;

1934: La censura llega al Municipio de la ciudad de Buenos Aires, facultado para calificar y prohibir —exclusivamente en la Capital Federal—, pero no aún para cortar (detalle de significativa importancia, ya que los censores no se consideraban entonces discriminadores competentes de las intenciones de un realizador: eran los tiempos en que aún se entendía como atentatoria contra la unidad de una obra de arte, y contra la libertad de expresión de un creador, toda mutilación parcial).

1951: La censura alcanza vigencia nacional.

1957-1963: Breve interregno durante el cual los argentinos alcanzan la categoría de adultos. El decreto-ley 62, refrendado por P. E. Aramburu, no sólo garantizaba las exhibiciones, sino que daba un notorio paso adelante al puntualizar, en su artículo 22, sanciones penales para todo aquel que se atreviera a ejercer censura. Nadie se atrevió. Resultó más fácil derogar el decreto, suplantarlo por el 8205/63, que retrotraía el problema a su estado anterior, y creaba una Comisión de Catones más robusta que nunca.

1969: El 17 de febrero entró en vigor la Ley 18.019, la más rigurosa que haya pesado sobre la libertad de expresión en el país. Con ella, la censura —designada con el eufemista nombre de Ente de Calificación Cinematográfica— llega al ejercicio de sus plenos poderes.

Un paso más, sin embargo, le faltaba aún por resolver: facultada para prohibir o cortar lo que se le ocurra sin apelación posible, recurre ahora también a la intimidación para extender su potestad. El celo del secretario Frischknecht es responsable de ese flamante rasgo majestuoso: el artículo 6 de la Resolución 464/020 —que coordina la aplicación de la ley de censura— especifica textualmente que "el Instituto Nacional de Cinematografía denunciará ante el Juez competente por tentativa de apología del delito, o de publicación obscena, toda presentación de proyectos o películas a que les sea aplicable lo dispuesto en los puntos 4.2.2 y 4.3.2 de esta resolución".

La parábola del ascenso de poder de los censores, parece cumplida: ya no sólo pueden calificar, cortar, prohibir todo lo que deseen, sino enviar a la cárcel a cualquier distribuidor, productor o guionista que se atreva a solicitarles permiso —en privado— para exhibir los frutos de una mentalidad sospechosa de pecado.

A CONTROL BATIENTE

Pero el punto realmente inquietante de ese poder abusivo, reside en la versatilidad de la Ley 18.019: los redactores de SIETE DÍAS analizaron medio centenar de films estrenados en lo que va del año, y hallaron sólo tres (Playtime, Funny Girl, El día que me quieras) que no incurran en algunas de las vastísimas causales de prohibición.
Sin embargo, ninguno de ellos fue prohibido, aunque no menos de la mitad sufrió mutilaciones de diversa importancia. Para intentar esclarecer ésta y otras incoherencias, SIETE DÍAS entrevistó al doctor Ramiro de Lafuente, director general del Ente de Calificación Cinematográfica. De Lafuente, un abogado católico de 47 años, doctorado en jurisprudencia, no concedió una entrevista personal pero aceptó responder a un cuestionario por escrito. Sus respuestas —cautas, a veces agresivas, a menudo nebulosas— no alcanzan a despejar el halo de arbitrariedad y omnipotencia que rodea al Ente.
Consultado sobre la inconstitucionalidad de la Ley 18.019 —en la que varios juristas argentinos están acordes, dado su carácter restrictivo de la libertad de expresión—, se limitó a responder que no compartía esa opinión, pero no aportó —como se le pedía— pruebas para rebatir el consenso de sus colegas; cuando se le interrogó sobre los criterios de aplicación del temible articulo 6 —que inaugura la posibilidad de castigos penales en la historia de la censura argentina—, derivó la responsabilidad de una respuesta al Instituto de Cinematografía.
Se negó, por otra parte, a proporcionar información sobre sus colaboradores inmediatos: "A mi criterio resulta casi ofensivo insinuar que estos representantes no pudieran interpretar sin errores las intenciones de un director o un guionista", pontificó, cerrando así toda posible discusión sobre la idoneidad de los poco publicitados integrantes del Ente.
El desalentador cuestionario permite extraer una sola conclusión: el doctor De Lafuente no aporta pruebas a favor de la censura, porque parece creer que no las necesita.
Hay, sin embargo, quienes discrepan con esa opinión.

LA LETRA CON FUERZA SALE

"El artículo 6, que ha causado tanta impresión, es una incongruencia jurídica —explicó el doctor Bernardo Beiderman, un elegante ex catedrático de Derecho Penal, y actual profesor en la New York University—, dado que no puede haber tentativa de delito en un sometimiento voluntario a la ley, como el que supone la presentación de un guión o un film para su calificación". Beiderman orilla los probables estratos profundos de la 18.019, cuando afirma que, "a pesar de su indefinición, típica en materia de censura, formula claramente pautas políticas del actual gobierno".
"La ley insiste en señalar su defensa del estilo nacional de vida y de las pautas culturales de la comunidad argentina —señaló, sonriente, un jurista que pidió no ser mencionado—, pero no hay un sólo organismo legal en la Argentina, al que se pueda consultar para que dé una definición de ese estilo, y de esas pautas. Se sobreentiende, entonces, que toda esa fraseología no alude más que a las opiniones personales de quienes ejercen el poder".
Habiendo conseguido ya todos sus objetivos en la esfera del cine, no es probable que la censura y sus adalides se detengan allí. Se afirma que una Ley de Publicidad estaría ya redactada y lista para su promulgación, y el ministro Guillermo Borda admitió la posibilidad de una Ley de Prensa.
Se supone que ambas garantizarán la más absoluta libertad de expresión. Pero, claro, con algunas excepciones